Somos un smartphone con carcasa humana

Sentados frente a frente en un café para esa esperada conversación de amigos, él revisaba su Iphone patinando con sus dedos en la pantalla, yo le hablaba mientras él asentía con su cabeza. Ya no mira a los ojos. Los suyos están perdidos en otra dimensión; mensajes de textos, mails, noticias, llamadas.

La comunicación perfecta es la que se genera a distancia. Tomo el diario y me pongo a leer, mientras sorbeteo mi rico café.

Una inmigrante perla de ébano

Sus ojos son gotas de té que se abren para ver el vuelo del océano cada medio día, eso le hace recordar a su hija y su país, siendo el horizonte la muralla que las separa. Con su cabeza pegada a la almohada y a la ventana, prende el único cigarrillo que quedaba sobre el velador, y toma de él, la foto de Alicia desde el cajón. Sigue soñando despierta casi sin moverse. Como si fuese una planta en fotosíntesis, esos quince minutos diarios eran imperdibles cuando los rayos del sol entraban en la pequeña habitación. Acostumbraba escribirle por WhatsApp que la traería algún día al país de las maravillas. Era el cuento preferido de ambas.

Sus pies no pueden más de tanto dar vueltas en el parquet, las cosas no han cambiado tanto en el burdel. Abajo, a orillas del océano, el largo cabello de Juan, se movía como un plumero que desviaba los ojos de ella todos los días a la misma hora de siempre. Él buscaba su mirada desde la caleta, le escribía cosas bellas con el encabezado de “Mi perla de ébano” y se la dejaba bajo la puerta metálica negra oxidada. San Pedro los observaba todas las tardes del sol.

Mercado negro

El sonido de la sierra era tan potente que si no volaron todas las aves con los tres disparos, seguro que este ensordecedor ruido espantó a todos un par de kilómetros a la redonda.

Vince había llegado hace dos años a la comunidad de Yvelines, a cuarenta kilómetros de París; vivía con dos compañeros entre frondosos árboles y una gran pileta. Todo sucedió en la madrugada del martes. Fue muy rápido. Cuando comenzó a amanecer, los compañeros aún seguían en una esquina petrificados de miedo. En eso, entró un camión y varios hombres. Yacía tirado un gigante blanco sin cuerno. La llovizna ayudó el poder arrastrarlo con mayor facilidad hasta subirlo con la grúa. Cincuenta y un mil euros es el valor del kilo en el mercado negro.