Somos un bonsai

Hace poco visité a un amigo en su departamento, fanático del bonsai; orgulloso de su cuidado, me mostraba los que tenía en el living y en la terraza…

Mientras continuábamos la conversación, en su mano derecha mantenía una tijera que utilizaba modelando, cortando y cortando ramitas. De pronto se sentó en el hermoso piano blanco de un cuarto de cola y comenzó a tocar una pieza de Mozart. Yo estaba tres metros detrás de él, pero lograba ver su rostro en el espejo que tenía delante; sus ojos cerrados, sus manos acariciaban el teclado y su cabeza repetía un pequeño zigzagueo. De un momento a otro, se detuvo y me preguntó: ¿Sabes qué árbol es el que está al lado de este piano? Había notado que algunas ramas se posaban sobre la cola del piano y su altura era de al menos un metro y medio. -No esperó a que contestara-… es un bonsai.

Como ves, cada bonsai es único e irrepetible, pero existe una gran diferencia entre los que te mostré mientras los modelaba para que no perdieran su forma, y éste, que ves frente tuyo. A todos los he cuidado desde que los traje a vivir conmigo a este departamento, pero a él, lo dejé libre, no lo podé, sólo lo atendí mientras crecía, poniéndolo en un macetero acorde a su tamaño. Todos los demás tienen mi mano, he influido según mi visión de estética, he coartado el natural crecimiento, he seguido mi propia intuición sobre cómo y hacia dónde quiero que crezcan; han vivido estos años en una jaula invisible. Aquellos que vienen de visita, se llevan la impresión que hay un “natural” orden estético, que cae dentro de los parámetros que según nuestras experiencias es un bonsai. Nadie me pregunta por aquél.

Se levantó y se acercó al gran bonsái, tomando y acariciando sus ramas; continuó diciendo: Bello y libre, incluso su tallo está inclinado hacia el piano y sus hojas parecieran querer abrazar el sonido agradeciéndome con un suave y único aroma. También éste es un bonsai; no lo dice, pero lo es… Le debo mucho. Me mostró con lo que dejé de hacer en él, que mis hijos mayores también eran un bonsai modelados por mí, sin embargo, mi conchito que aún está en la básica, lo he dejado libre, sin imposiciones, obviamente con las reglas de convivencia del hogar; cada día nos sorprende, es muy creativo, muy curioso.

Fue una gran tarde de domingo que me dejó muchas preguntas. ¿Cómo estoy educando a mi hijo? ¿Le he potenciado su personalidad para contener otras experiencias de sus mismos compañeros, poder comprenderlas y tener la capacidad de decidir por sí mismo? ¿De qué manera estoy influyendo o coartando su creatividad para encontrar y desarrollar lo que más le gusta, o como diría Ken Robinson, su elemento?

Me di cuenta que yo también había crecido como un pequeño bonsai y en alguna etapa de mi vida, me dejaron libre al costado de un hermoso piano blanco.

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