Nueva primavera para Norma

Era mediados de agosto del 2009 cuando recién estaba trabajando en el municipio de Concón, me di cuenta que una abuelita llevaba más de dos horas sentada en el hall de espera. Me paré frente a ella, lucía unos mocasines café gastados, sus medias de lana que llegaban casi a sus rodillas tenían algunos agujeros, al menos notaba que no pasaba frío porque cargaba dos chalecos en esa fría mañana. Su mentón pegado al pecho, hacía que su cabello cano bien peinado brillara aún más con el halo de luz que entraba por la ventana.

Sabía que ella tendría que tener mucha paciencia porque el alcalde llegaría en el transcurso de la tarde, así que me senté a su lado y comencé a escuchar lo que necesitaba. Venía por un pasaje de ida en bus a Arica para vivir el resto de su vida con su hija. Su pensión era muy baja, apenas le alcanzaba para vivir, sólo quería que el municipio la ayudara con ese ticket rumbo a la “felicidad”.

Resolví ir a verla al día siguiente a su departamento del primer piso de uno de los blocks de Villa Primavera y llevarle ojalá una noticia alentadora que el alcalde o el director de Dideco se la daría después personalmente en su oficina; decidí hacerlo de esa forma porque le costaba caminar y para ella era un esfuerzo trasladarse hacia el municipio.

Al medio día siguiente, estaba tocando la puerta de su hogar. Abre la única habitante de ese departamento e imaginé estar en la “vecindad del Chavo”, entrando a la casa de don Ramón. Piso flexit en mal estado, una mesa cuadrada con dos sencillas sillas, al fondo un sofá café carcomido por el tiempo con resortes vencidos, a un costado una caja grande de cartón que contenía sus pertenencias que debía llevar al norte y dos de las ventanas que daban a la calle estaban quebradas, entrando por ahí un vientecito de invierno.

Sonrió, me tomó de las dos manos y lo primero que hizo fue cerrar los ojos y decir “vamos a rezar”. Comenzó por el padre nuestro y pidió por mí y mi familia. Debo confesarles que en ese momento me emocioné porque yo sólo iba a cumplir con mi trabajo y ella tenía la humildad de bienvenirme y pedir por un extraño que la miraba hacia abajo tan indefensa.

De 82 años, de los cuales los últimos ocho viviendo en ese departamento, cuidando cada peso, de hecho me contó que utilizaba sólo plata para la micro de vuelta, así ahorraba un pasaje porque la subida por avenida Magallanes hasta llegar a Villa Primavera era matadora. Claro, me di cuenta que sobre la mesa habían quinientos pesos para esa micro. Estaba ansiosa por ver y vivir junto a su hija, pero no quería molestarla con el pasaje porque ya mucho haría con recibirla; por eso, necesitaba urgente de la ayuda del municipio. Le adelanté que Dideco ya había resuelto entregarle el dinero para ese ticket, pero ese trámite burocrático demoraría al menos una semana. Igualmente sonrió y me agradeció. Dios te bendiga hijo, fueron las últimas palabras que escuché de ella.

Cuántas como ella se sienten invisibles, haciendo lo imposible con las pocas monedas que llegan a fin de mes, cuidando la salud porque una enfermedad desordenaría todo el presupuesto, haciendo un doble esfuerzo por llegar al SAPU de Concón y esperar horas para que las atiendan, y sin ningún familiar al lado.

Lo último que supe de ella, fue que logró viajar a reencontrarse con su hija en Arica a fines de septiembre, justo coincidentemente cuando empezaba una “Nueva Primavera para Norma”.

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