La cebolla fue la excusa para llorar

El café quedó servido cuando le dije algo incierto. La cebolla fue la excusa para llorar. Se paró y rápidamente se sacó su delantal posándolo sobre la preparación del almuerzo de ambos, desapareciendo repentinamente de la cocina sin pronunciar palabra; con determinación cruzó la calle en el instante que llovía en la población Las Gaviotas de Concón. Me quedé parado viéndola alejarse a través de la ventanita cuadrada, mientras las delgadas gotas desfiguraban su silueta como un cuadro de Monet.

La esperé toda la tarde en su casa, pensando en ella y en su viejo que llevaba una semana en el hospital haciéndose exámenes. Vivía cada espacio entre fotos y un baúl repleto de cartas. No pude aguantar la curiosidad de tomar un puñado de ellas, al mismo tiempo que me acercaba al toca disco para escuchar el vinilo de Dinah Washington que estaba puesto. “Querida Mary. A trescientos metros bajo tierra te escribo en nuestra hora de colación, no nos permitieron subir por seguridad, la mina empezó a lagrimear a ciento treinta metros de la entrada y única salida. Los dirigentes de los sindicatos están viendo la necesidad de realizar un paro para exigir al gobierno verificar que todo quede bien, por esa razón amor, tendré que quedarme en el desierto para apoyar a mis compañeros y estar unidos en algo que a todos nos involucra. La experiencia de tantos años trabajando aquí, es un valor que los dirigentes toman en cuenta a la hora de las decisiones. Cada diez días atrapado en esta crisálida, preparando el vuelo  donde nuestro amor florece. La vida se me hará eterna sin verte. Siempre amándote…”.

Cerré las cortinas dándole la espalda al viento norte de agosto, encontrando un libro de autoayuda abierto sobre la mesa de arrimo y margaritas sobre el mantel junto al florero. La he visto distraída, los detalles suelen ser su característica. Cómo se transforma la casa en este frío escenario vacío. Un oscuro abrigo y un sombrero yacían colgando en la puerta de entrada que dejaba ver parte del rostro de una lámina de Humphrey Bogart, y esa cajetilla abierta con tres cigarrillos sobre la mesa de centro, continuaba llamándome para esparcir el aroma que amenazaba irse con la ausencia.

Hoy, María tiende la ropa sin cantar. Sólo movió su cabeza para saludarme. Esta vez, dejó de acariciar mi perro detrás de la reja y subió a la micro en el siguiente paradero. En el sector comentan que diagnosticaron con cáncer terminal a don Valentín. Él, de vuelta en casa, silbando y regando el pequeño jardín, esperando a su vieja.

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