Microrrelatos

Cuando los peces hablan

¡Y vaya que habla! Pero es porque tiene cosas e historias que decir y contar. Como una amante del trekking, de la observación, de la libertad, recorre los campos azules viendo pasar el universo bajo su cuerpo. Es una más de la fauna,  -así se siente-. El miedo desaparece cada vez que se interna en este mundo paralelo, su piel se vuelve escamas, sus brazos y piernas aletas y el frío ya no penetra como antes. “Soy como una astronauta en una expedición en el espacio, mi pasión está aquí. Cada brazada, cada avance es un abrazo, es para lo que fui hecha” -comenta-.

Como cuando las gaviotas enseñan a volar a sus polluelos, un tiburón llevó a Julieta Núñez Gündlach a mar abierto, a enseñarle un mundo que siempre le gustó, pero que había sido observado a la distancia durante tres décadas. Me refiero al Tiburón Contreras.

Julieta, conconina, única mujer en el mundo que ha atravesado el estrecho de Magallanes tres veces, nadando en ocasiones a un grado bajo cero; muchas veces después de salir de su “hábitat”, le tuvieron que aplicar suero por su baja temperatura corporal (30°).

Todo me hace sentido cuando recuerdo un texto de Nietzsche de su libro “Así habló Zaratustra”, cito: “Tres transformaciones del espíritu… Cómo el espíritu se convierte en camello, el camello en león y el león por fin en niño. Inocencia es el niño, olvido, un nuevo comienzo, un juego”. La transformación más importante es cuando el león es capaz de convertirse en niño, pero hacemos todo lo contrario. Los niños de hoy cuando recién comienzan en el colegio dejan de ser niños y pasan a ser un proyecto. Un proyecto no suyos sino de los adultos con los cuales se desenvuelven, porque se tienen que preparar para el futuro y no viven su presente.

Cada vez que Julieta se interna en el mar vuelve a nacer, vuelve a jugar, a contemplar, descubrir, reflexionar y nos obliga a todos a conversar… sí, a conversar no sólo de su hazaña, sino del paisaje que debemos proteger. Ella se convierte en un foco que visibiliza glaciares, fauna marina, áreas protegidas y nos obliga a detenernos para vivir el presente. Nos invita a preguntarnos como sociedad qué estamos haciendo para que el mundo también se detenga.

Que el león se convierta en niño con la ayuda y libertad de cada brazada de Julieta.

 

Estación de aves

Son de esos zapatos de cuero viejo, que con el polvo se le notan más las arrugas. Una década caminando delante de mi sombra con un sesgo de envidia. Descansan aliviados y respiran sin ataduras.

El tiempo es el vidrio, muro del viento, de las estaciones, de los hallazgos. Cada hallazgo es una vida, una inútil membresía o un lápiz a medias.

El trayecto sobre puntos cardinales se disipa. Hay un faro desconocido de farellones, dando manotazos sobre las frías aguas del polo, que indican, que el norte es la única senda para volver a compartir, la estación de aves.

 

Pequeño ángel y su pañuelo

Recién empezaba a oscurecer cuando recibí desde Valparaíso una llamada a mi teléfono diciendo entre sollozos que fuera a despedirme de Nadia, una prima que llevaba casi una década enferma de cáncer. Apuré mis pasos desde Concón por la costa, mientras la luz vacilaba prometiendo dejar a oscuras ese momento.

Todos corrían en la sala de emergencias del Hospital Van Buren, afuera estaba su familia, su hijo sin palabras pero con una sonrisa me indicó que pasara y estuviera los últimos instantes con ella. Junto a su camilla, había otra de una pequeña niña de unos once años con un pañuelo en su cabeza. Me acerqué a Nadia para poder comunicarme, pero todo sonido por muy bajo que hiciera lo escuchaba esa niñita que estaba a menos de un metro de distancia. No podía dejar de mirarla, hasta que decidí hablar con ella porque suponía que estaba sufriendo algo similar, pero en una etapa más temprana. Ella se me adelantó, me miró y con una voz suave me dijo: “Mi Mamá a veces también sale a escondidas al pasillo a llorar”. Concluí que la madre de Nadia como sus hijos, entraban y salían. Y continuó, “Cuando yo muera, creo que ella va a sentir mucha nostalgia; pero yo no tengo miedo a morir tío. Yo no nací para esta vida”. En ese momento sentí un impulso y le pregunté ¿Qué es la muerte para ti? Sin dudar, tomó aire y siguió: “Cuando los niños se van a dormir a la cama de los papás, al día siguiente despertamos en nuestra cama. Un día me dormiré y mi Padre vendrá a buscarme y despertaré en la casa de él”.

Me quedé completamente helado con su respuesta, no era capaz de mover ni un músculo, mi cabeza repetía una y otra vez lo que ella había dicho hace sólo unos segundos. Pestañé cuando inclinó su cabeza y añadió, “Mi Mamá me recordará con nostalgia”.

Tremenda lección de madurez me estaba regalando esa niñita que ni siquiera conocía su nombre, pero no quería que ese momento terminara por alguna interrupción externa, así que me apuré en preguntarle, ¿Qué significa nostalgia para ti? -La nostalgia es el amor que permanece- contestó.

A mis 45 años de edad, desafío a quien quiera dar una definición mejor, más directa y simple de la palabra nostalgia.

Esa noche finalmente pude despedirme de mi prima, pero me fui con la certeza de quien permanecía al lado esperando que terminaran sus días en esta tierra, era su ángel, pequeño ángel y su pañuelo, que aguardaba allí para cuando Nadia se durmiera, la llevara donde su Padre.

Huyendo, como huyen las gaviotas.

 

La cebolla fue la excusa para llorar

El café quedó servido cuando le dije algo incierto. La cebolla fue la excusa para llorar. Se paró y rápidamente se sacó su delantal posándolo sobre la preparación del almuerzo de ambos, desapareciendo repentinamente de la cocina sin pronunciar palabra; con determinación cruzó la calle en el instante que llovía en la población Las Gaviotas de Concón. Me quedé parado viéndola alejarse a través de la ventanita cuadrada, mientras las delgadas gotas desfiguraban su silueta como un cuadro de Monet.

La esperé toda la tarde en su casa, pensando en ella y en su viejo que llevaba una semana en el hospital haciéndose exámenes. Vivía cada espacio entre fotos y un baúl repleto de cartas. No pude aguantar la curiosidad de tomar un puñado de ellas, al mismo tiempo que me acercaba al toca disco para escuchar el vinilo de Dinah Washington que estaba puesto. “Querida Mary. A trescientos metros bajo tierra te escribo en nuestra hora de colación, no nos permitieron subir por seguridad, la mina empezó a lagrimear a ciento treinta metros de la entrada y única salida. Los dirigentes de los sindicatos están viendo la necesidad de realizar un paro para exigir al gobierno verificar que todo quede bien, por esa razón amor, tendré que quedarme en el desierto para apoyar a mis compañeros y estar unidos en algo que a todos nos involucra. La experiencia de tantos años trabajando aquí, es un valor que los dirigentes toman en cuenta a la hora de las decisiones. Cada diez días atrapado en esta crisálida, preparando el vuelo  donde nuestro amor florece. La vida se me hará eterna sin verte. Siempre amándote…”.

Cerré las cortinas dándole la espalda al viento norte de agosto, encontrando un libro de autoayuda abierto sobre la mesa de arrimo y margaritas sobre el mantel junto al florero. La he visto distraída, los detalles suelen ser su característica. Cómo se transforma la casa en este frío escenario vacío. Un oscuro abrigo y un sombrero yacían colgando en la puerta de entrada que dejaba ver parte del rostro de una lámina de Humphrey Bogart, y esa cajetilla abierta con tres cigarrillos sobre la mesa de centro, continuaba llamándome para esparcir el aroma que amenazaba irse con la ausencia.

Hoy, María tiende la ropa sin cantar. Sólo movió su cabeza para saludarme. Esta vez, dejó de acariciar mi perro detrás de la reja y subió a la micro en el siguiente paradero. En el sector comentan que diagnosticaron con cáncer terminal a don Valentín. Él, de vuelta en casa, silbando y regando el pequeño jardín, esperando a su vieja.

 

Nueva primavera para Norma

Era mediados de agosto del 2009 cuando recién estaba trabajando en el municipio de Concón, me di cuenta que una abuelita llevaba más de dos horas sentada en el hall de espera. Me paré frente a ella, lucía unos mocasines café gastados, sus medias de lana que llegaban casi a sus rodillas tenían algunos agujeros, al menos notaba que no pasaba frío porque cargaba dos chalecos en esa fría mañana. Su mentón pegado al pecho, hacía que su cabello cano bien peinado brillara aún más con el halo de luz que entraba por la ventana.

Sabía que ella tendría que tener mucha paciencia porque el alcalde llegaría en el transcurso de la tarde, así que me senté a su lado y comencé a escuchar lo que necesitaba. Venía por un pasaje de ida en bus a Arica para vivir el resto de su vida con su hija. Su pensión era muy baja, apenas le alcanzaba para vivir, sólo quería que el municipio la ayudara con ese ticket rumbo a la “felicidad”.

Resolví ir a verla al día siguiente a su departamento del primer piso de uno de los blocks de Villa Primavera y llevarle ojalá una noticia alentadora que el alcalde o el director de Dideco se la daría después personalmente en su oficina; decidí hacerlo de esa forma porque le costaba caminar y para ella era un esfuerzo trasladarse hacia el municipio.

Al medio día siguiente, estaba tocando la puerta de su hogar. Abre la única habitante de ese departamento e imaginé estar en la “vecindad del Chavo”, entrando a la casa de don Ramón. Piso flexit en mal estado, una mesa cuadrada con dos sencillas sillas, al fondo un sofá café carcomido por el tiempo con resortes vencidos, a un costado una caja grande de cartón que contenía sus pertenencias que debía llevar al norte y dos de las ventanas que daban a la calle estaban quebradas, entrando por ahí un vientecito de invierno.

Sonrió, me tomó de las dos manos y lo primero que hizo fue cerrar los ojos y decir “vamos a rezar”. Comenzó por el padre nuestro y pidió por mí y mi familia. Debo confesarles que en ese momento me emocioné porque yo sólo iba a cumplir con mi trabajo y ella tenía la humildad de bienvenirme y pedir por un extraño que la miraba hacia abajo tan indefensa.

De 82 años, de los cuales los últimos ocho viviendo en ese departamento, cuidando cada peso, de hecho me contó que utilizaba sólo plata para la micro de vuelta, así ahorraba un pasaje porque la subida por avenida Magallanes hasta llegar a Villa Primavera era matadora. Claro, me di cuenta que sobre la mesa habían quinientos pesos para esa micro. Estaba ansiosa por ver y vivir junto a su hija, pero no quería molestarla con el pasaje porque ya mucho haría con recibirla; por eso, necesitaba urgente de la ayuda del municipio. Le adelanté que Dideco ya había resuelto entregarle el dinero para ese ticket, pero ese trámite burocrático demoraría al menos una semana. Igualmente sonrió y me agradeció. Dios te bendiga hijo, fueron las últimas palabras que escuché de ella.

Cuántas como ella se sienten invisibles, haciendo lo imposible con las pocas monedas que llegan a fin de mes, cuidando la salud porque una enfermedad desordenaría todo el presupuesto, haciendo un doble esfuerzo por llegar al SAPU de Concón y esperar horas para que las atiendan, y sin ningún familiar al lado.

Lo último que supe de ella, fue que logró viajar a reencontrarse con su hija en Arica a fines de septiembre, justo coincidentemente cuando empezaba una “Nueva Primavera para Norma”.

 

Feminismo

Mientras el feminismo se define como la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, el machismo es el abuso, exclusión y menosprecio hacia la mujer. Lo que ellas buscan es lo genéricamente humano, pero en la historia, el hombre ha acaparado lo genéricamente humano, basándose en el error de ese acaparamiento para malentender la demanda, produciéndose la discriminación. Entonces el feminismo es en su esencia “reivindicación”.

Si lo vemos desde otra perspectiva, diría lo siguiente: Machismo=Abuso, Feminismo=Reivindicación.

Ni siquiera los eufemismos son iguales. El feminismo no está definido como abuso, sin embargo el machismo sí. Partiendo desde esa base, la lucha por la equidad de ambos sexos no debiera pertenecer sólo a las mujeres, si por definición de machismo es abuso, ninguno de los géneros defendería esa posición. A través de la historia el hombre ha acaparado lo genérico, defendiendo su postura machista con los roles que le da al otro género. A su vez, surgen también cuestionamientos sobre el aprovechamiento de feministas traspasando límites y utilizando esa reivindicación para fines particulares; eso sería materia de otra columna.

Lo primero que el hombre debe admitir, es el abuso en materia de igualdad de derechos contra el sexo opuesto. Hay que abrir la puerta para que esa reivindicación se una a la aceptación nuestra del abuso, y no, que ese esfuerzo dé como resultado hasta hoy, el intentar entrar por la ventana. Dentro del mutuo respeto, lo correcto sería reconocer ese machismo como abuso, aceptar la reivindicación como legítima y comenzar el cambio para lograr el equilibrio, extirpando finalmente el abuso y la reivindicación.

 

Somos un smartphone con carcasa humana

Sentados frente a frente en un café para esa esperada conversación de amigos, él revisaba su Iphone patinando con sus dedos en la pantalla, yo le hablaba mientras él asentía con su cabeza. Ya no mira a los ojos. Los suyos están perdidos en otra dimensión; mensajes de textos, mails, noticias, llamadas.

La comunicación perfecta es la que se genera a distancia. Tomo el diario y me pongo a leer, mientras sorbeteo mi rico café.

 

Una inmigrante perla de ébano

Sus ojos son gotas de té que se abren para ver el vuelo del océano cada medio día, eso le hace recordar a su hija y su país, siendo el horizonte la muralla que las separa. Con su cabeza pegada a la almohada y a la ventana, prende el único cigarrillo que quedaba sobre el velador, y toma de él, la foto de Alicia desde el cajón. Sigue soñando despierta casi sin moverse. Como si fuese una planta en fotosíntesis, esos quince minutos diarios eran imperdibles cuando los rayos del sol entraban en la pequeña habitación. Acostumbraba escribirle por WhatsApp que la traería algún día al país de las maravillas. Era el cuento preferido de ambas.

Sus pies no pueden más de tanto dar vueltas en el parquet, las cosas no han cambiado tanto en el burdel. Abajo, a orillas del océano, el largo cabello de Juan, se movía como un plumero que desviaba los ojos de ella todos los días a la misma hora de siempre. Él buscaba su mirada desde la caleta, le escribía cosas bellas con el encabezado de “Mi perla de ébano” y se la dejaba bajo la puerta metálica negra oxidada. San Pedro los observaba todas las tardes del sol.

 

Vida de Plástico

Ella adornaba la terraza de su amplio departamento con una planta plástica verde sobre tierra del mismo material. Los cuadros del living con costosos marcos dorados exponían láminas de reconocidos artistas del renacimiento.

Él, es cirujano plástico, acostumbra llegar tarde de lunes a viernes. Sus dos hijas están más grandes, por lo que alcanza a conversar con ellas antes de que se acuesten. La menor, hace un año le había pedido de regalo para su fiesta de graduación de colegio, un aumento de busto.

Claudia, su esposa, asidua a las clínicas estéticas, hacía los últimos retoques en su frente, ojeras y labios para lucir como la hermana mayor en la fiesta de su hija y estar “preparada” para el verano que se acercaba velozmente.

Él, siempre comentaba que sus mujeres eran muy pretensiosas. Se jactaba de nunca haber entrado al quirófano, pero sí, cambiaba los autos todos los años. En septiembre, cuando los nuevos modelos del año que viene están a la venta, él ya había decidido manejar un Audi negro descapotable para llevar a su familia a tan importante evento de su hija.

Ya todos sentados, y antes que comenzara la cena de graduación, sus últimas palabras en representación de los apoderados del curso de sólo mujeres fue: “Espero que el próximo desafío para todas las que egresan este año, fluya naturalmente”.

 

Pescador de Flores

Como todos los viernes de estos últimos dos años, trabajo en el recambio de flores al costado de la carretera que va hacia Puchuncaví.

Ahora mi oficio es ser pescador de flores. Fui buzo mariscador de una familia de pescadores en Ventanas, solía partir temprano en el Juanito a doscientos metros de la costa, mi pequeño bote, fiel compañero de dos décadas. Regresaba con mi embarcación atiborrada luego de media jornada en el mar. Vendíamos todo y a las cuatro de la tarde regresábamos a nuestro hogar con los bolsillos llenos. Otro tiempo… Hoy, de las veinte embarcaciones, se interna una a dos kilómetros de la playa, playa donde turistas solían escarbar con sus pies en la arena húmeda para recolectar machas, de ahí la denominación de “playa machera”.

Me vuelvo a sumergir, pero en la tierra, tierra que era el vergel de la región, a extirpar de ella cada semana hermosos cardenales que alcanzan a vivir sólo una semana y volver a plantar nuevos con colores vivos, sabiendo que no es un acto de liberación, sino una sentencia. Otros compañeros míos trabajan en un oficio similar, en la recolección de algas que yacen a lo largo de la playa, extendidas en la arena.

Las grandes empresas que llegaron a la zona cambiaron el aire, el mar, nuestras vidas y tradiciones. Los mariscos son los cardenales, los peces algas, el viento trae el sonido de las industrias y no del océano. Ellas pagan a penas una parte del salario que obteníamos aquellos que vivíamos del mar. Cuesta abandonar lo que ya no es, porque aún siento que soy lo que fui.

En mis sueños veo a otros pescadores viniendo a rescatarnos como si fuésemos cardenales.

 

Somos un bonsai

Hace poco visité a un amigo en su departamento, fanático del bonsai; orgulloso de su cuidado, me mostraba los que tenía en el living y en la terraza…

Mientras continuábamos la conversación, en su mano derecha mantenía una tijera que utilizaba modelando, cortando y cortando ramitas. De pronto se sentó en el hermoso piano blanco de un cuarto de cola y comenzó a tocar una pieza de Mozart. Yo estaba tres metros detrás de él, pero lograba ver su rostro en el espejo que tenía delante; sus ojos cerrados, sus manos acariciaban el teclado y su cabeza repetía un pequeño zigzagueo. De un momento a otro, se detuvo y me preguntó: ¿Sabes qué árbol es el que está al lado de este piano? Había notado que algunas ramas se posaban sobre la cola del piano y su altura era de al menos un metro y medio. -No esperó a que contestara-… es un bonsai.

Como ves, cada bonsai es único e irrepetible, pero existe una gran diferencia entre los que te mostré mientras los modelaba para que no perdieran su forma, y éste, que ves frente tuyo. A todos los he cuidado desde que los traje a vivir conmigo a este departamento, pero a él, lo dejé libre, no lo podé, sólo lo atendí mientras crecía, poniéndolo en un macetero acorde a su tamaño. Todos los demás tienen mi mano, he influido según mi visión de estética, he coartado el natural crecimiento, he seguido mi propia intuición sobre cómo y hacia dónde quiero que crezcan; han vivido estos años en una jaula invisible. Aquellos que vienen de visita, se llevan la impresión que hay un “natural” orden estético, que cae dentro de los parámetros que según nuestras experiencias es un bonsai. Nadie me pregunta por aquél.

Se levantó y se acercó al gran bonsái, tomando y acariciando sus ramas; continuó diciendo: Bello y libre, incluso su tallo está inclinado hacia el piano y sus hojas parecieran querer abrazar el sonido agradeciéndome con un suave y único aroma. También éste es un bonsai; no lo dice, pero lo es… Le debo mucho. Me mostró con lo que dejé de hacer en él, que mis hijos mayores también eran un bonsai modelados por mí, sin embargo, mi conchito que aún está en la básica, lo he dejado libre, sin imposiciones, obviamente con las reglas de convivencia del hogar; cada día nos sorprende, es muy creativo, muy curioso.

Fue una gran tarde de domingo que me dejó muchas preguntas. ¿Cómo estoy educando a mi hijo? ¿Le he potenciado su personalidad para contener otras experiencias de sus mismos compañeros, poder comprenderlas y tener la capacidad de decidir por sí mismo? ¿De qué manera estoy influyendo o coartando su creatividad para encontrar y desarrollar lo que más le gusta, o como diría Ken Robinson, su elemento?

Me di cuenta que yo también había crecido como un pequeño bonsai y en alguna etapa de mi vida, me dejaron libre al costado de un hermoso piano blanco.

 

Un gorrión en el retrovisor

Todas las mañanas de este invierno antes de subir a mi auto me encuentro con el mismo espectáculo. Un gorrión en el retrovisor lateral del vehículo. Aletea frente al espejo y luego descansa en la puerta, insiste comunicarse con el otro de su especie. Una parte del espacio era de él en un mundo paralelo. Como el flaco Spinetta le cantaba “quédate hasta el día”, sus alas dibujaban una rosa cromática en la gravedad cero. Nadie le bajaba la cortina a esa hermosa perspectiva de reflejo doppler. Otro espasmo flotante en un nuevo amanecer, hasta cuando llego a interrumpir. Nadie puede impedir el curso de las cosas, desaparecer y volver a casa a oscuras.

 

Mercado negro

El sonido de la sierra era tan potente que si no volaron todas las aves con los tres disparos, seguro que este ensordecedor ruido espantó a todos un par de kilómetros a la redonda.

Vince había llegado hace dos años a la comunidad de Yvelines, a cuarenta kilómetros de París; vivía con dos compañeros entre frondosos árboles y una gran pileta. Todo sucedió en la madrugada del martes. Fue muy rápido. Cuando comenzó a amanecer, los compañeros aún seguían en una esquina petrificados de miedo. En eso, entró un camión y varios hombres. Yacía tirado un gigante blanco sin cuerno. La llovizna ayudó el poder arrastrarlo con mayor facilidad hasta subirlo con la grúa. Cincuenta y un mil euros es el valor del kilo en el mercado negro.

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